Hace ya unos años, en 2019, fui invitado por la Universidad Libre de Infantes y por el Ayuntamiento de Villanueva de los Infantes a pronunciar algunas conferencias sobre los peligros en que se encuentra nuestra sociedad y a los que se enfrenta Europa. A la vez que presentaba mis libros “Nuestra Sociedad en Peligro” y “Europa en Peligro, editados en 2015 y 2016 respectivamente. Peligros que se han ido manifestando a lo largo de estos años y que, de seguir así, nos llevarán a una situación irreversible.
Con esa ocasión, recibí de manos del Ayuntamiento una estatua de Cervantes, a modo de agradecimiento por las conferencias impartidas. Y mirándola en uno de los estantes de mi biblioteca, no pude por menos que escribir sobre este personaje, tan normal de su época, casi vulgar (es decir del vulgo, del pueblo) que siempre me ha desconcertado por la grandeza de esta persona que vivió en la segunda mitad del siglo XVI y principios del XVIII. Miguel de Cervantes Saavedra fue, sobre todo, una figura compleja y poliédrica, un desafortunado con espíritu brillante, cuya heroica vida estuvo atravesada por la tragedia, el genio literario, la ironía crítica, la fama y la envidia. Y el éxito universal de su obra, del que no se llegó a beneficiar. Para comprender la verdadera naturaleza de Cervantes y la profundidad de su obra, es necesario examinar las pruebas concretas que dejó su trayectoria vital y literaria.
Cervantes tuvo una vida marcada por la mala suerte financiera y social, atrapado entre el heroísmo y la desgracia. Durante la batalla naval de Lepanto contra los otomanos, con 24 años luchó con heroísmo, recibiendo tres disparos de arcabuz: dos en el pecho y uno en la mano izquierda, que le quedó anquilosada, ganándose el apodo de El Manco de Lepanto. Tras ser apresado por piratas corsarios, pasó cinco años de cautiverio encarcelado en Argel, donde lideró cuatro intentos de fuga organizados por él mismo, asumiendo la responsabilidad total frente a sus captores para proteger a sus compañeros, lo que demuestra su alta moralidad y un valor militar real. Al regresar a España no obtuvo las recompensas esperadas y cayó en el fracaso civil: arruinado, trabajó como comisario de provisiones y recaudador de impuestos, y fue encarcelado en dos ocasiones por quiebras financieras y errores contables. Fue precisamente en la cárcel de Sevilla donde engendró la idea de El Quijote. Sin embargo, transformó toda esa experiencia en una brillante inteligencia literaria, con ironía, pero sin resentimiento ni mediocridad. Aunque la vida le dio motivos para el resentimiento y vivió a la sombra del éxito comercial de sus contemporáneos, Cervantes canalizó su desencanto a través del humor y la empatía.
En su época intentó triunfar en el teatro, el medio más lucrativo del Siglo de Oro, pero fue aplastado por el fenómeno de Lope de Vega, creador de la Comedia Nueva. Mientras Lope abarrotaba los corrales de comedias con fórmulas efectistas, Cervantes escribía obras más reflexivas y complejas como La Numancia, lo que le valió el rechazo de los empresarios teatrales. A pesar de esto, su ironía nunca fue destructiva ni mediocre, sino tolerante, heroica y profundamente humana.
Cervantes perteneció al Renacimiento tardío y al Barroco español (el Siglo de Oro), caracterizado por la duda, la desilusión y el contraste entre realidad y ficción. Inicialmente escribía por necesidad económica y vocación, buscando la fama que la carrera militar o los cargos públicos le negaron. Con el tiempo, su escritura se convirtió en una vía para reflexionar sobre la libertad humana, la justicia y las contradicciones de la condición humana.
El Quijote nació como una parodia humorística para “derribar la máquina mal fundada” de los libros de caballerías, un género popular pero lleno de absurdo y tópicos poco verosímiles que triunfaba en su época. El propósito inmediato de Cervantes era ridiculizar el género caballeresco, muy en boga en el Siglo de Oro. Para ello, creó un personaje, Alonso Quijano, que pierde el juicio de tanto leer estas novelas y decide convertirse en caballero andante. Un hidalgo viejo, flaco y empobrecido, con una armadura oxidada y un rocín llamado Rocinante . Frente a las grandiosas aventuras de los libros, Don Quijote se enfrenta, en realidad, a molinos de viento (que él ve como gigantes) y a humildes ventas (que él cree castillos) . La dama de sus sueños, Dulcinea del Toboso, es en realidad una labradora llamada Aldonza Lorenzo, transformada por la imaginación del héroe .
Más allá de la sátira, Cervantes utilizó la locura de Don Quijote para denunciar de forma velada la España de entonces. Por ejemplo, aborda la tragedia de la expulsión de los moriscos a través del personaje de Ricote, un morisco vecino de Sancho que regresa disfrazado porque ama su tierra, mostrando el dolor humano tras los decretos de pureza de sangre e intolerancia religiosa. Critica la justicia corrupta y la arbitrariedad en el episodio de los galeotes, donde Don Quijote libera a un grupo de presos del Rey tras descubrir que sufren penas desproporcionadas por robos de poca monta o por torturas judiciales. Asimismo, retrata la falsedad de la nobleza en la Segunda Parte mediante los Duques, quienes acogen a Quijote y Sancho no por respeto, sino para convertirlos en objeto de burlas crueles en sus fiestas particulares, evidenciando la decadencia moral de las clases altas.
Cervantes no escribió para glorificar ciegamente la caballería antigua ni para destrozarla por completo. El personaje de Don Quijote intenta aplicar valores como la lealtad, la defensa del débil y la búsqueda de la justicia en un mundo dominado por el dinero, la picaresca y el engaño.
La grandeza de El Quijote reside en que, a pesar de nacer como una sátira, se convirtió en mucho más. El personaje de Don Quijote, en su locura, encarna una lucha por un mundo mejor, la defensa de la justicia y la fidelidad a unos ideales que, aunque nobles, resultan imposibles en el mundo real. El contraste con su escudero, Sancho Panza, realista y práctico, crea un diálogo inmortal que explora la tensión entre el idealismo y la realidad, un tema universal que sigue vigente hoy
A través de la interacción entre la locura idealista de Quijote y el pragmatismo de Sancho, Cervantes muestra que, aunque los viejos ideales heroicos chocan violentamente contra la cruda realidad social, la dignidad y el deseo de hacer el bien siguen teniendo un valor incalculable. El genio de Cervantes radica en la humanización del mito: al final de la novela, Sancho Panza se ha “quijotizado” (cree en la justicia y los ideales), mientras que Don Quijote se ha “sanchificado” (reconoce la realidad al recuperar la cordura en su lecho de muerte). La obra concluye no como un ataque al idealismo, sino como una meditación profundamente irónica sobre lo que ocurre cuando un hombre de espíritu noble intenta reparar un mundo imperfecto.
La primera parte de El Quijote fue un éxito de ventas rotundo y casi inmediato, algo poco común para la época. El editor Francisco de Robles invirtió 8.000 reales en la primera edición, confiando en su éxito. No se equivocó. Los 1.500 ejemplares se vendieron rápidamente, y en solo un año se publicaron seis ediciones diferentes. La novela viajó pronto a Portugal, Alemania y el Nuevo Mundo, donde también fue muy leída. Su fama trascendió las élites cultas y caló hondo en el pueblo llano. El Quijote triunfó en su tiempo porque fue un libro que supo conectar con el público de la época. Los nombres de Don Quijote y Sancho se instalaron en el imaginario popular, y solo seis meses después de su publicación, los personajes desfilaron en Valladolid durante los festejos por el bautizo del futuro rey Felipe IV. Esto demuestra que se convirtió en un referente cultural de forma inmediata. Cervantes vivió la fama. Y sufrió la envidia. No pudo disfrutar de los beneficios económicos del éxito de su obra.
Pero la verdadera grandeza de su obre reside en que supo trascender su tiempo y su contexto para convertirse en un clásico universal. El Quijote es el libro más traducido del mundo después de la Biblia. Se ha traducido a más de 140 lenguas y numerosas variedades lingüísticas. Se estima que se han vendido más de 500 millones de ejemplares. Su éxito eterno se debe a que, gracias a su genialidad literaria y a la universalidad de sus temas, supo convertirse en el espejo donde la humanidad sigue reconociéndose, generación tras generación. Todos somos Don Quijote y todos Sancho. ¿O no?



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