Libertad y sometimiento político

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Podemos asegurar que en cierta forma el sentido de pertenencia a una masa, a un rebaño es connatural al hombre y está en los genes del mismo. Así, de forma gregaria, se ha comportado en la historia de la humanidad. Además, el comportamiento del hombre varía y se transforma cuando actúa en masa, bien sea en un partido de futbol o un espectáculo, o bien sea en un mitin político, en una manifestación o en una batalla. O en cualquier otra aglomeración. Las sensaciones de violencia, entusiasmo y pánico se trasmiten y se acrecientan de una manera inusitada. Este comportamiento es muy similar al de un rebaño de ovejas, capaces de tirarse todas por un precipicio siguiendo el camino de las demás.

Pero es necesario contemplar el dualismo del ser humano entre libertad y dependencia, entre esfuerzo y holgazanería. A lo largo de toda la historia tenemos ejemplos de lucha heroica de personas y pueblos por la libertad, así como de adhesión inquebrantable y sometimiento a las directrices del gobierno, bien fueran dictaduras o no.

Por un lado está el sentimiento animal, acomodaticio, perezoso, de dejarse llevar: Que piensen otros, que decidan otros. La comodidad y facilidad de seguir a otro, de no pensar, de decir sí. Está demostrado por estudios sociológicos que en una votación en la que las respuestas sean sí o no, el sí tiene el 25% de ventaja, independiente de la pregunta que se formule. La misma ventaja tiene el equipo de gobierno en el poder respecto a sus adversarios. Así pues, el hombre tiende a decir sí y a no crearse problemas, ni siquiera el de discrepar o disentir. En este marco se sitúan las actitudes relativistas de todo vale, del buenismo y la pasividad, que termina con el sometimiento a aquellos que son activos y tratan de imponer sus ideas por la vía de los hechos y, en su caso, de la fuerza. La permisividad y el buenismo nos son sino cortinas de humo en contraposición a la verdadera bondad.

Por otro lado está en sentimiento racional de la libertad individual, de la iniciativa, el de la búsqueda, del esfuerzo, del logro y la superación. En este sentimiento radica el progreso de la humanidad. Progreso filosófico, cultural y material. En este sentimiento de innovación y de superación radica el progreso científico y tecnológico así como todo el desarrollo del conocimiento.

En España y en Europa e incluso en Estados Unidos estamos ahora inmersos en unas condiciones que fomentan las
actitudes pasivas y relativistas que ponen en cuestión nuestros valores y a nuestra cultura. Y estas condiciones se fomentan por los políticos que, vendidos a sus votantes, ofrecen como bien supremo la mediocridad, el todo vale, el tengo derecho a todo sin hacer nada, sin esforzarme por nada, y la consecuente falta de respeto por aquellos que se esfuerzan y que logran adquirir conocimientos y bienes gracias a ello.

Estamos inmersos en una cultura de la sobreprotección. Los padres sobreprotegen a los hijos y los gobiernos a los ciudadanos. Ello nos lleva a hijos y ciudadanos que no valoran el esfuerzo, que creen que lo que les dan es porque tiene derecho a ello y que acaban no reconociendo la autoridad del que trabaja, se esfuerza y consigue por sí mismo el logro económico y cultural.

Vivimos en modelos democráticos perversos en los que se utilizan todas las técnicas de manipulación de masas conocidas, de “marketing político” sin restricciones y del más puro maquiavelismo utilizado con más o menos pudor, para conseguir el poder. Porque el Poder conseguido por los votos es casi un poder absoluto debido a que en las democracias parlamentarias como la española, los poderes ejecutivo y judicial están sometidos al parlamento, que ostenta el poder legislativo, y este parlamento está sujeto al Partido que confecciona las listas cerradas para concurrir a las elecciones.

El voto es el centro del sistema político y no el ciudadano, que no hace más que votar cada cuatro años a  una lista cerrada de un partido, ya que su participación posterior en la vida pública cada vez se restringe más ante el avance del intervencionismo de la Administración Pública en todos los estamentos en detrimento de la Sociedad Civil.

Esta es la situación. Para salir de ella es necesario que la propia sociedad civil se ponga a trabajar, a generar un movimiento de cambio, de sentido común, de valoración y apreciación de lo que tenemos, de orgullo de lo que somos y de lo que hemos sido capaces de crear a lo largo de la historia y de esperanza e ilusión por todo lo que hay que crear y construir desarrollando nuestra civilización, creando un espíritu colectivo de superación para alcanzar las metas más elevadas del hombre en el
arte, la ciencia, el conocimiento y la belleza y la verdad de las cosas.

 

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