España vive una crisis profunda que no es solo económica o institucional, sino una crisis existencial que afecta a nuestra continuidad como pueblo, como cultura y como proyecto histórico. La población está desilusionada, desorientada, sin objetivos comunes, atrapada en un clima de confrontación política, relativismo cultural, pérdida de valores y un deterioro progresivo de la educación y la cohesión social. La partitocracia ha sustituido a la democracia, la administración pública invade la vida civil, la corrupción erosiona la confianza y la hipertrofia institucional consume recursos que deberían destinarse al bienestar real de los ciudadanos. A ello se suma un suicidio demográfico que amenaza la sostenibilidad de nuestro sistema económico, social y cultural.
Frente a este panorama, es imprescindible un renacimiento ciudadano que devuelva el protagonismo al individuo, que recupere la dignidad de la persona, la responsabilidad, el mérito, la libertad y la solidaridad. España es un gran país europeo, con una historia cultural, científica y humanista extraordinaria, parte esencial de la civilización europea. Sin embargo, hemos dejado de valorarnos, hemos permitido que la demagogia, el resentimiento y la ignorancia erosionen nuestra autoestima colectiva. Necesitamos recuperar la ilusión, la confianza en nosotros mismos y la voluntad de construir un futuro mejor para nuestros hijos y nietos.
El sistema político actual está desgastado. La partitocracia ha sustituido la voluntad popular por la voluntad de las cúpulas de los partidos, que elaboran listas cerradas, controlan el Parlamento, influyen en el Ejecutivo y condicionan al Poder Judicial. La separación de poderes es una ficción. El ciudadano se siente dirigido, vigilado, manipulado y cada vez más alejado de las decisiones que afectan a su vida. La proliferación legislativa autonómica ha generado un caos normativo, duplicidades, gastos desorbitados y un modelo territorial ineficiente e insostenible. La financiación de partidos y sindicatos ha sido durante décadas opaca y fuente de corrupción. La búsqueda del voto ha sustituido a la búsqueda del bien común.
Es necesario un cambio profundo del modelo político. El poder debe volver a residir en el ciudadano, no en los partidos. El Ejecutivo debe ser elegido directamente por los ciudadanos, con limitación estricta de mandatos, evitando cualquier tentación de perpetuación en el poder. El Poder Judicial debe ser completamente independiente, con jueces y fiscales elegidos por los propios profesionales o por los ciudadanos entre candidatos cualificados, y con un Tribunal Constitucional integrado en el ámbito judicial, no sometido al Legislativo. El Parlamento debe reformarse para garantizar listas abiertas, igualdad del valor del voto en todo el territorio y mecanismos de revocación del mandato para asegurar que los representantes responden ante sus electores. El Senado debe transformarse en una verdadera cámara territorial, compuesta por representantes de los territorios, sin duplicar estructuras ni sueldos, encargada de armonizar la legislación autonómica y evitar la proliferación normativa.
La estructura del Estado debe adelgazar drásticamente. Deben eliminarse duplicidades entre administraciones, reducirse el número de cargos políticos y asesores, y limitarse la permanencia en cualquier cargo público a un máximo de ocho años. La administración debe ser eficiente, transparente y orientada al servicio del ciudadano, no al control de su vida. La sociedad civil debe recuperar el espacio que la administración ha ocupado indebidamente.
Pero ninguna reforma política será sostenible si no resolvemos el problema demográfico. España tiene una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, muy por debajo del nivel de reemplazo. La población autóctona disminuye, la edad media aumenta, la relación entre trabajadores y pensionistas se desploma y el sistema de bienestar se vuelve insostenible. La inmigración descontrolada y de baja cualificación no puede sustituir la falta de natalidad y genera importantes tensiones sociales, culturales y económicas. Es imprescindible reconocer el valor social de la maternidad y la familia, incentivar fiscalmente a quienes tienen hijos, reformar el sistema impositivo para que sea per cápita y no penalice a las familias, y vincular las pensiones a la aportación real que los padres hacen al país criando futuros contribuyentes. Los menores deben estar representados políticamente a través del voto ejercido por sus padres, porque todos los ciudadanos tienen derecho a ser representados, no solo los mayores de edad.
Europa atraviesa una crisis similar: pérdida de identidad, envejecimiento acelerado, inmigración descontrolada, burocracia excesiva, relativismo cultural y una falta de proyecto común. La Unión Europea se ha construido sobre bases económicas sin una verdadera unidad política, con una burocracia costosa y desconectada de los ciudadanos. La cultura europea, que ha sido faro de la humanidad, se diluye en el hedonismo, la indolencia y la renuncia a la propia identidad. Sin un cambio profundo, Europa perderá su posición en el mundo, su bienestar y sus libertades.
Es necesario recuperar los valores que hicieron grande a Europa: el mérito, el esfuerzo, la responsabilidad, la solidaridad, la libertad y la búsqueda de la verdad. Necesitamos líderes capaces de ilusionar, de unir, de devolvernos la dignidad y la confianza en nosotros mismos. Necesitamos una revolución cultural que ponga en valor la excelencia, la educación, la cultura, la familia y el trabajo bien hecho. Debemos pasar del Estado de Bienestar a la Sociedad de Bienestar, donde la iniciativa privada, el emprendimiento y la creación de riqueza sean motores de prosperidad, y donde el Estado ayude al necesitado sin fomentar la dependencia ni el clientelismo.
España necesita un movimiento ciudadano honesto, independiente, transversal, que supere la confrontación partidista, que obligue a los partidos a centrarse en propuestas constructivas, que defienda la libertad, la justicia, la transparencia y la responsabilidad. Un movimiento que recupere la ilusión colectiva, que reivindique nuestra historia y nuestra cultura, que promueva la unidad y el orgullo de pertenecer a un país que ha contribuido de manera extraordinaria al progreso de la humanidad. Un movimiento que rechace el extremismo, la demagogia, el resentimiento y la ignorancia, y que apueste por un proyecto común ilusionante, justo y sostenible.
Si nos unimos, si recuperamos la confianza en nosotros mismos, si defendemos nuestros valores y si reformamos nuestro sistema político, económico y social desde la honradez y la responsabilidad, seremos capaces de construir un país fuerte, culto, cohesionado, próspero y libre. El futuro depende de nuestra capacidad para reaccionar ahora, antes de que sea demasiado tarde. Es nuestra responsabilidad con nosotros mismos, con nuestros hijos y con las generaciones futuras.



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