Historia de la República Soviética de Ucrania

El origen de Ucrania es el mismo que el de Rusia, el estado medieval de la Rus de Kiev en el año 882, que unió a las hordas eslavas. Tras su desintegración, en la zona occidental se constituyó el principado de Gali­cia-Volinia, más tarde reino de Rutenia, y que se unificó con el Gran Ducado de Lituania y, dinásticamente, con el Reino de Polonia, formando parte de la Mancomu­nidad lituano-polaca. Posteriormente, en 1648, consi­guió su independencia de los polacos, constituyéndose lo que realmente es Ucrania. Hasta que los moscovitas, en adelante rusos, anexaron completamente su territo­rio en 1764 y Ucrania pasaría a ser ocupada y dividida entre Polonia y Rusia. Zonas occidentales de la actúa Ucrania fueron polacas, rumanas, húngaras y con una influencia germana gracias a que parte de estos territo­rios pertenecieron durante siglos al Imperio Austríaco.

Analizando la historia, parece evidente que hay dos etnias en Ucrania. La del oeste de Kiev, con grandes influencias “europeas” y la del este, clara cultura rusa. Mediante el Acta Zluky, firmada en 1919 se proclamó la unión de la República Popular de Ucrania Occiden­tal con la República Popular Ucraniana. Esta Ucrania unificada funcionó durante el período de vigencia de la URSS (Unión de repúblicas Socialistas Soviéticas) de las que la República Soviética de Ucrania formó parte.  

Las incorporaciones de territorios a la actual Ucrania desde la constitución de la República Socialista Soviéti­ca de Ucrania en 1922, fueron las siguientes:

En 1939 el territorio sur polaco

En 1940 una porción del territorio rumano

En 1945 la Trascarpatia húngara

En 1948 las islas rumanas en el Mar Negro

En 1954 la península de Crimea

Con la desaparición de la URSS, se fueron consti­tuyendo como repúblicas independientes aquellas que no formaban parte de la Federación Rusa. La República Socialista Soviética de Ucrania declaró su independen­cia en 1991.

Ahora parece claro que esa unión de las dos Ucra­nias, provocada por el régimen soviético de 1919, no fue muy afortunada. Como tampoco lo fue la incorpo­ración de la península de Crimea ordenada de manera arbitraria en febrero de 1954, por el presi­dente de la URSS, Nikita Kruchef, ucraniano de nacimiento.

La historia de Ucrania, exceptuando las regiones oc­cidentales de Galitzia y Volinia, están íntimamente in­cardinadas con la historia rusa. El fundador de Moscú fue precisamente el príncipe del Rus de Kiev, Yuri Dol­goruki, también conocido como Jorge I de Rus, quien en el siglo XII reinó como Velikiy Kniaz (Gran príncipe) de Kiev. Su estatua reside en la plaza del Ayuntamiento en la capital de Rusia.

La zona geográfica Nueva Rusia es un término usa­do en el siglo XIX en el Imperio ruso para designar el territorio de la costa septentrional del mar Negro que abarca las regiones históricas de los Campos salvajes y Besarabia. La parte occidental de Nueva Rusia, entre los ríos Dniéster y Dniéper, era conocida como Yedisán por los otomanos.

Con la caída del muro y el desmembramiento de la URSS, la estructuración geográfica de las Repúblicas sovié­ticas y las de la Federación rusa, no tenían importancia en un estado unitario como el soviético (todo quedaba en casa). Pero al desaparecer éste, estas estructuras su­pusieron que mucha población rusa se quedó atrapada en países que no solo no eran rusófonos, sino rusófo­bos, como por ejemplo los estados bálticos. Pero el caso más complejo fue y es el de Ucrania.

Al deshacerse la Unión Soviética, el comunismo dio paso a la trasforma­ción de los regímenes al liberalismo democrático. De entre las repúblicas populares soviéticas, Bielorrusia, Ucrania y la Federación Rusa y otras seis más, formaron la Comunidad de Estados Independientes, que no aca­bó de desarrollarse al querer huir de todo aquello que recordara la Unión Soviética. Posteriormente se produ­jeron las “revoluciones de colores” en Georgia, en Ucra­nia, y en Kirguistán, que más adelante comentaremos.

La política seguida desde el fin de la guerra fría por occidente, es decir, por los EE.UU. ha sido la del rece­lo y la marginación de Rusia, como si siguiera siendo comunista. A pesar de las promesas a Gorbachov y a Yeltsin de no avanzar con la OTAN hacia el este, se pro­dujo la integración en la OTAN de todas las naciones anteriormente del Pacto de Varsovia y bajo el telón de acero en la época soviética. Esto resultó muy fácil dado el miedo todavía subyacente al dominio de Moscú.

EE.UU. nunca ha querido la existencia de una Euro­pa en la que Rusia pudiera estar integrada. La existencia de una Unión Europea que llegara hasta Vladivostok su­pondría una Europa muy poderosa y fuerte. Esto podría haber sido posible en la época de Boris Yeltsin, quien se comprometió a transformar la economía socialista de Rusia en una economía de libre mercado, pero esta oportunidad no se apreció suficientemente y se perdió. La falta de ayuda por parte de occidente, que debía ha­ber creado una especie de “Plan Marshall”, supuso el fracaso y la renuncia de Yeltsin, enfermo y alcohólico, tras un período de corrupción sumamente convulso po­lítica y económicamente.

Desde la llegada de Obama al poder, desde los EE.UU. se han ido desarrollando acciones conducentes a la acti­vación y el desarrollo de una nueva guerra fría con Rusia. Las continuas incorporaciones a la OTAN de los países del este europeo, la dotación de bases y la actitud de la misma, ha sido sin duda provocativa para Rusia.

A partir de la revolución de noviembre de 2013, lla­mada Euromaidán, que mediante un golpe de estado, derrocó al presidente electo y la toma de poder por nacionalistas ucranianos favorables a la integración de Ucrania en la UE, la población ucra­niana se encontraba virtualmente dividida: un 38,0 % de los ucranianos apoyaba una asociación con Rusia, mientras que el 37,8 % prefería una con Europa. La división también era geográfica. Mientras en el oeste el 81% apoyaba la integración con la Unión Europea, en el Este solo la apoyaban el 18%. Una gran diferencia que refleja la artificial demarcación de Ucrania.

Ante la presión del gobierno nacionalista de Kiev, en la que quiere imponer en uso exclusivo del ucraniano en las regiones del este rusófonas, de produce las insu­rrecciones de la región del Dombás y la declaración de independencia de los óblasts de Donetsk y Luhansk.

El acuerdo para poner fin a la guerra en el este de Ucrania, fue firmado en 2014 en Minsk, la capital de Bielorrusia, con la intervención de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, por Ucrania, la Federación Rusa, la República Popular de Donetsk y la República Popular de Lugansk, ambas provincias componentes de la región del Donbasss.

Entre los doce puntos del acuerdo de Minsk, se encontraba el de la retirada de los grupos armados ilegales, equipo militar, así como de los combatientes y de los mercenarios ucranianos. Es justamente este acuerdo el que denunció Rusia, ya que no se cumplían por parte de Ucrania las condiciones fi­jadas en él. La zona del Donbass seguía siendo atacada y bombardeada por las tropas ucranianas.

Las quejas de Putin sobre la expansión de la OTAN hasta sus fronteras y la amenaza constante de Ucrania de seguir luchando militarmente contra los segregacio­nistas de las provincias del Donbass y las amenazas de una recuperación de Crimea por la fuerza, a la vez de su intención inmediata de entrar en la OTAN, quien man­tiene la política de puertas abiertas, son las que decidió a Rusia a su intervención armada en Ucrania. Como indicaba verbalmente Punint: ¿Cómo iba a responder Rusia ante un ataque de Ucrania cuando perteneciera a la OTAN?

La pertenencia de Ucrania a la OTAN es considerada por Rusia –y no sólo por Putin– una “amenaza existen­cial”. Según William Burns, actual director de la CIA y ex embajador de EEUU en Rusia, “la entrada de Ucra­nia en la OTAN es la más roja de las líneas rojas para la élite rusa y no sólo para Putin”.

Estados Unidos y Europa han estado y siguen empeñados de fo­mentar la guerra en Ucrania alentando a su gobier­no y proporcionándoles armas. Este empecinamiento del gobierno de Zelenski de fomentar la guerra entre­gando armas no provocará más que muerte y miseria para todos; Para toda Europa, incluida España. Este empeño por la guerra echando más y más leña al fue­go no resolverá el problema, sino que nos llevará al desastre.

No quiero justificar una guerra. Ninguna es deseable. Toda guerra genera muchas injusticias y mucho dolor. Pero quienes han motivado la guerra y quieren que esta se recrudezca y agrande es Biden, el Estado profundo de los EE.UU. Y ahí están los hechos. Las continuas amenazas a Rusia y graves insultos a Putin pronuncia­dos por Biden desde que llegó a la presidencia, y que la Unión Europea les sigue con los ojos tapados, no se hasta dónde quieren llegar. ¿Quieren provocar una guerra nuclear limitada para disminuir la población? En ese caso estaríamos en un momento más peligroso de lo que parece. ¿O quie­ren provocar una masacre en Ucrania, una insurrección de color en Rusia y el consiguiente derrocamiento de Putin? Evidentemente, quieren acabar con una Rusia antiglobalista. Lo más sensato para Ucrania es que negociara con Rusia, y ceder en algo suficiente. Es lo que se espera de Ucrania y de Rusia.

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