Las golondrinas y la música

Estaba sentado al atardecer cerca de la piscina, a la sombra de una encina, junto a la pérgola sin techo, escuchando una selección de música clásica suave y agradable.

Al poco rato los barrotes de la pérgola se fueron llenando de golondrinas. Primero dos, luego cuatro, cinco, siete, ¡catorce! Sí, catorce golondrinas a dos o tres metros de mi, calladitas y quietecitas, escuchando la música a mi lado…

Se veía que estaban a gusto, que les gustaba la suave música.

Así permanecieron meciéndose hasta que la música se acabó. Luego, se fueron yendo revoloteando alrededor de la pérgola como si festejaran el concierto que acababan de oír.

¡Que sensación de placidez y protección sentí entonces…!
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