Reflexiones sobre Dios, existencia, trascendencia y libertad

A lo largo de la historia del hombre, éste siempre se ha preguntado sobre el sentido que tiene la vida, su vida; si ésta tiene un objetivo, un fin, o sencillamente nada. La respuesta la ha ido encontrando en lo espiritual, es decir, en seres espirituales, a los que ha llamado dioses o demonios, que interactúan y protegen o dañan, que premian o castigan los comportamientos de los hombres. Pero la idea del Dios único, o el dios que está por encima del resto de los dioses, siempre ha existido en todos los tiempos de nuestra historia. Véase el dios Ra o Amón-Ra de los egipcios, Inti, el dios solar de los incas, o Itzamná, el dios maya supremo creador del universo, el Sol Invictus romano, o Jehová, el Dios del pueblo judío, los ángeles y los demonios del Antiguo y Nuevo Testamento.

Desde la prehistoria el hombre, no solo ha creído en la existencia de un mundo espiritual, mágico, sino también en el más allá. En un mundo más allá de la muerte. El mundo espiritual (la otra dimensión) siempre ha estado presente a lo largo de la historia del hombre.

El hombre se plantea quién es él y cuál es el sentido de su existencia, estas son las preguntas de mayor importancia que se hace: por qué existe, por qué tiene que morir, si existe el alma, si su alma, su conciencia de sí mismo, va a pervivir después de la muerte, qué encontrará más allá de la muerte y si existe Dios y cuál es su relación con Él. En el fondo, el hombre busca su trascendencia y una solución a la tragedia de la vida que significa la muerte.

Desde Platón y Aristóteles en la Antigüedad, pasando por Tomás de Aquino en la Edad Media y tantos otros pensadores y filósofos hasta nuestros días, el hombre ha tratado de responder a las preguntas sobre el sentido de su existencia y la existencia de Dios.

Aristóteles, en el siglo IV antes de Cristo, se refiere a Dios como un Ser inmaterial, primera causa de todo el movimiento en el universo, y que por lo tanto no es movido por nada. Lo definía como el principio físico del mundo. Definía el tiempo como un recurso aritmético para medir un movimiento.

Ochocientos años más tarde, Agustín de Hipona, entre el siglo IV y el V, sostenía que la mente, mientras que duda, es consciente de sí misma: Si enim fallor, sum, si me engaño existo. Agustín se preguntaba ¿qué es el tiempo? y realizaba una reflexión ontológica sobre la naturaleza del tiempo y su relación con la eternidad. Llegó a la conclusión de que la sede del tiempo y de su duración es el espíritu. Decía “Tres son los tiempos, presente de las cosas pasadas, presente de las presentes y presente de las futuras… porque estas tres presencias tienen algún ser en mi alma, y solamente las veo y percibo en ella”.

El italiano Tommaso d’Aquino, Tomás de Aquino, en el siglo XIII, en la parte 2ª de su Summa Theologiae, Suma Teológica, expuso cinco vías o argumentaciones a favor de la existencia de Dios. Ellas se referían a Dios como el primer motor del movimiento, Dios como Ser necesario antes de toda existencia, Dios como causa incausada, Dios como máximo grado de perfección y Dios como inteligencia superior que gobierna el universo. De ellas, las dos primeras son las que se corresponden con las reflexiones que realizaré más adelante.

Descartes en el siglo VII se planteaba la existencia en cuanto que pensamiento: Cogito ergo sum, pienso luego existo. Leibniz el siglo XVIII, aseguraba que hay razón suficiente para la existencia de Dios y, ya en el siglo XIX y luego en el XX, numerosos y divergentes filósofos existecialistas como Kierkegaard, Heidegger y Sartre se planteaban el sentido de la existencia humana, centrando su filosofía en el individuo y la subjetividad, en la libertad y la responsabilidad, en la desesperación y la angustia. Heidegger en su libro “Ser y tiempo” abordaba cuestiones como ¿qué significa que una entidad sea? o ¿cuál es la razón por la que hay algo en lugar de nada?

Ya en nuestros días, Miguel de Unamuno se debatió continuamente entre el agnosticismo y la fe, expresando su desazón en su libro “Del sentimiento trágico de la vida”. Unamuno desarrolló en sus ensayos su angustia espiritual y el dolor que provoca el silencio de Dios, el tiempo y la muerte; la necesidad de pervivencia individual. Pensaba que la creencia de que nuestra identidad sobrevive a la muerte es necesaria para poder vivir

Sartre, en su famoso libro L´être et le néant, El ser y la nada, entiende que la nada es algo irrealizante, es la destrucción de lo ya dado para crear nuevas realidades. Defiende que sin la libertad individual la existencia humana carece de sentido. Su teoría existencial declara la libertad de todas las personas para escoger sus propios conceptos de comportamiento y libre pensamiento hacia una perfecta libertad de elección. Evoca los conceptos de tiempo como una proyección mental del ser. Para él, la nada es algo «irrealizante», es decir, una negación de un ser que permite o da lugar a la existencia de otro u otros seres posteriores.

Todos se han planteado desde Agustín de Hipona la oposición o complementariedad entre la Fe y la Razón. Si a partir de la fe hay que desarrollar la razón o si es la razón la que nos lleva a la fe. O no.

Pero pasemos a reflexionar primero haciéndonos estas preguntas: ¿Qué es Dios?, ¿quién es Dios, ¿cómo es Dios? ¿Dios existe? Estas son las preguntas a las que voy a tratar de encontrar una respuesta.

Empecemos antes por esta: ¿Qué había antes de la existencia del mundo, del universo? Antes del mundo, del universo, no podía ser que no existiera nada. De la nada, de lo que no es, no puede salir lo que es. De donde no hay nada no puede salir algo. Esto es un axioma evidente que no necesita demostración. Luego, si el universo ahora existe, ¿qué es lo que existía antes del universo? ¿Era algo que a su vez procedía de otro y así sucesivamente por la eternidad? Esto nos lleva al absurdo y la pregunta seguiría subsistiendo, porque ¿qué había al principio de todo? ¿era algo que existe eternamente y de lo que procede el Universo? ¿Hay otras existencias, además de nuestro Universo? Estas reflexiones nos evidencian que Dios, sea quien sea o lo que sea, existe,

Antes de seguir con las respuestas, detengámonos un poco para reflexionar sobre el Universo y la eternidad.

Nuestra percepción de la existencia es el Universo. No acertamos a comprender bien el Universo. Parece que el principio del universo procede de un Big Bang, el punto inicial en el que se formó la materia, el espacio y el tiempo hace 13.800 millones de años, pero no podemos explicarnos que las galaxias se separen a más años luz de los que se calculan desde el inicio del Big Bang. No acertamos a comprender que haya galaxias a más de 14.600 millones de años luz de distancia, cuando el universo nació solo hace 13.800 millones. No acertamos a comprender por qué, si la velocidad máxima es la velocidad de la luz, hay galaxias que se alejan a mayor velocidad que la luz. Es decir, el Universo de expande a mayor velocidad que la luz.

La enorme inmensidad del universo -se estima que hay cien billones de galaxias, 70.000 trillones de estrellas solo en el Universo observable- nos da vértigo. Y más datos para el vértigo: a lo largo de la historia se calcula que han nacido 108.000 millones de hombres, de los cuales mas de 7.700 millones aún vivimos. Así que tú o yo somos la 7.700 millonésima parte de las personas que habitan en una mota de polvo del universo.

Tampoco sabemos qué es la materia oscura, un tipo de materia que corresponde aproximadamente al 85% de la materia del universo algo aparentemente inerte pero fundamental para mantener unidas las galaxias ya que influye en las velocidades orbitales de los cúmulos en las galaxias. Tampoco entendemos bien el porqué de la antimateria, de manera que la unión de una partícula de antimateria con otra de materia, provoca su transformación en fotones de alta energía, que producen rayos gamma, y otros pares partícula-antipartícula. Ni acertamos a comprender el concepto de espacio-tiempo en relación con el movimiento que contempla la teoría de la relatividad. Ni la curvatura del espacio-tiempo consecuencia de la gravedad. Ni tampoco sabemos por qué existen “agujeros negros” en el espacio, cuyo campo gravitatorio no deja que ninguna partícula material, ni siquiera la luz, puede escapar de él.

Llegamos a un nuevo campo de conocimiento en la física cuántica, que estudia el comportamiento de la materia cuando las dimensiones de ésta son tan pequeñas que empiezan a notarse extraños efectos como la imposibilidad de conocer con exactitud la posición de una partícula o que simultáneamente esté en dos posiciones, sin afectar a la propia partícula. La posición teórica de las partículas está dada por una función probabilística. Y ese concepto cuántico va a cambiar nuestras vidas.

Tampoco debemos olvidar el concepto de Multi Universo o Multiverso que se refiere al conjunto de los muchos universos existentes. Este concepto abarca la totalidad del espacio y del tiempo, todas las formas de materia, energía y cantidad de movimiento, y las leyes físicas y constantes que las gobiernan. Ello significaría que habría otros universos por fuera del nuestro más allá del universo observable.

Mi amigo y profesor Ramón Tamames, ya con 85 años y buscando la trascendencia escribió un erudito libro plagado de referencias en que se cuestionaba quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, que finalmente tituló, intuitivamente: “Buscando a Dios en el Universo”.

Tampoco sabemos nada referente a la posibilidad de existencia de otras dimensiones. Nuestro sometimiento a las tres dimensiones más el tiempo nos hace imposible, ya no conocer, sino concebir qué pueden suponer otras dimensiones. Alguien que solo viviera en un mundo de dos dimensiones, por ejemplo longitud y anchura sería incapaz de imaginar la altura.

En lo que se refiere a nuestro concepto abstracto de la eternidad, hay una gran diferencia entre el concepto de infinito y el concepto de eterno. La idea de infinito está asociada al movimiento mientras que la de la eternidad está asociada al presente, todo el movimiento está presente, todo el tiempo está presente.

La idea de movimiento ha de estar asociada al tiempo. Para moverse de una parte a otra se tarda un tiempo. Si no se tardara un tiempo es que todos los sitios estarían en uno mismo. Todo sería presente, estaríamos en un contexto eterno. De esta manera el infinito no forma parte de lo eterno pues lo eterno no tiene tiempo. Es todo presente. Cuando decimos “por los siglos de los siglos” lo decimos ante nuestra dificultad de entender la eternidad ya que nos encontramos en una dimensión temporal.

Entendemos, por tanto, por eterno lo que no puede ser medido por el tiempo, lo que siempre es igual, siempre estático, porque abarca todo el movimiento, siempre presente, por que abarca todo el tiempo. Lo eterno no está sujeto al tiempo. Lo eterno es todo, todo el tiempo, todo el espacio. Está por encima del tiempo y del movimiento. Porque lo eterno hace presente el pasado y el futuro, el principio y el fin de todo movimiento.

Sin embargo, el concepto de infinito es algo en movimiento que no tiene fin. Un movimiento, una acción que nunca finaliza, pero es un movimiento, una acción. Es más fácil, así, la comprensión de algo infinito que algo eterno. El infinito puede tener un principio que dure para siempre. Pero lo eterno, no. Lo eterno no tiene principio ni fin.

El sentido racional de Aristóteles le llevó a negar que un cuerpo pudiera ser infinito. Aristóteles, siguiendo a Pitágoras, concibe la idea que el infinito sea equivalente a la imperfección porque nunca es cumplido, no es plenamente realizado, como sin embargo sí lo es para lo finito al cual no le falta nada para ser completo.

Pero si el infinito no fuera posible, una vez acabadas todas las cosas solo quedaría la nada. ¿Y el concepto de la nada es más racional que el del infinito? No. Así podríamos pensar que Dios es eterno pero el universo sería infinito, como obra perfecta de Dios.

La infinitud nos es una imperfección porque no se completa, como decía Aristóteles, sino una perfección precisamente porque no se acaba.

Agustín de Hipona escribió que el tiempo existe sólo dentro del universo creado, de manera que Dios existirá fuera del tiempo, ya que para Dios no existe pasado ni futuro, sino, como vengo diciendo, únicamente un eterno presente. En ese espacio atemporal todos los acontecimientos están presentes, todos los movimientos esta presentes. De este modo, Dios existe antes de que el tiempo comenzara, existe durante todos los momentos del tiempo, en todos los lugares del movimiento, en todas las cosas del universo, y continuaría existiendo si de algún modo el universo o el tiempo dejaran de existir.

De la misma manera que imaginamos que todo el espacio está realmente ahí fuera, que existe realmente, también deberíamos imaginar que todo el tiempo está realmente ahí fuera, que también existe realmente. Pasado, presente y futuro parecen ser ciertamente entidades distintas. Pero, como Albert Einstein dijo en cierta ocasión: «Para nosotros, físicos convencidos, la distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión, por persistente que sea». Lo único que es real es la totalidad del espacio-tiempo.

Si aceptamos la evidencia de que Dios existe, la segunda cuestión que nos planteamos es: ¿Qué es Dios?, ¿una fuerza, una energía?, ¿es solo una energía eterna e infinita…? La energía no es Dios, Dios crea la energía, procede de Dios, la luz procede del Dios. Entonces, ¿qué es Dios? Dios tiene que ser ajeno a todo lo creado por lo que tengo que concluir que Dios es Espíritu. Por definición, Dios es eterno, el principio y fin de todo, y es de donde proceden todas las cosas, todo lo que existe, de la naturaleza que sea. Ahora, si este Dios es algo espiritual (ajeno a la materia) del que procede todo, pero es inerte, si no tiene voluntad, ni deseo, ni conciencia de sí mismo, entonces no es nada y de la nada, como dije antes, no puede proceder algo. De lo que no es no puede proceder lo que es. Luego si Dios existe no puede ser nada. Y Dios es necesario para la existencia del Universo.

La siguiente pregunta, la más importante para nosotros, es ¿Quién es Dios? ¿Dios tiene conciencia de sí mismo?, ¿tiene voluntad? Es decir, ¿es una persona? ¿Ha creado el universo (o los universos) y la vida, no forzosamente sino porque así lo ha querido? Vamos a reflexionar sobre ello.

Si Dios es un espíritu, una energía eterna de la que procede todo, no nos da por sí solo respuesta a nuestra inquietud, nuestra necesidad de trascendencia. Una energía inerte con la que no podemos interactuar. Este concepto de Dios, como decía antes, sería equivalente a la inexistencia de Dios. La pregunta que nos volvemos a plantear es ¿Quién es Dios? ¿Dios tiene conciencia de sí mismo? ¿Dios es una persona?

Me refiero como persona a su singularidad, a un ser dotado de razón, con conciencia de sí mismo y poseedor de una identidad propia; que actúa con un carácter individual. Un ser singular y único.

Aristóteles concluía que Dios es pensamiento puro y, como ser perfecto, no puede pensar sino en sí mismo. Pero si Dios es solo pensamiento y solo puede pensar en sí mismo, y todo los creado es parte de Dios, cuando piensa en sí mismo está pensando en toda su creación puesto que todo forma parte de él.

Convengamos entonces que Dios es Espíritu Creador del tiempo y del espacio y de donde procede todo lo conocido y lo desconocido. La creación por tanto es obra de Dios. Y si hay una obra, ¿no es porque el que obró tenía la voluntad de hacerlo? La voluntad es un atributo de la perfección, no un defecto. Si hay voluntad, si se realiza una obra, es porque el que lo realiza, lo quiere. Luego hay un deseo. El deseo no es una imperfección en Dios, porque Él puede cumplir, hacer, todo lo que desea; es todopoderoso y libre.

Entonces evidenciamos que Dios tiene voluntad y quiere, desea obrar y puede hacerlo con absoluta libertad. La conclusión es que Dios tiene conciencia de sí mismo, es una “persona”.

Aceptado que Dios existe, que Dios tiene conciencia de sí mismo en cuanto que tiene voluntad para crear, nos seguimos preguntando: ¿Cómo es Dios? ¿Cuáles son sus atributos?

Dios es eterno, luego todo para Él está presente. Dios es espíritu y está presente en toda su creación, en todas las cosas, sean éstas inertes o vivas. Dios es perfecto, es la perfección en sí mismo, la suma perfección, y, por ello mismo, siente, vive. El sentimiento es algo connatural a la existencia. Si Dios es el que es y tiene conciencia de sí mismo, Dios tiene que sentir. Tiene que sentir el bien y el mal. Como ser perfecto con voluntad debe de querer el bien y rechazar el mal pues el bien es un valor innato a la perfección y el mal una carencia.

Luego Dios quiere y desea y, por tanto, siente. Todo lo creado por Dios, todo el universo, que se comporte de manera inerte, con arreglo a leyes o al caos, pero sin voluntad propia de alterar por sí mismo su situación, es una obra que ahí está; sin más.

La Biblia va más allá, no solo nos habla de un Dios con personalidad, que piensa, siente, sino que también habla y mantiene una comunicación directa con sus criaturas. Las características que, en general, se atribuyen a Dios, son su eternidad, inmutabilidad, omnipresencia, omnisciencia y omnipotencia. Además, la Biblia dice que Dios es el amor, es la justicia, la verdad, la sabiduría y la santidad. Según San Juan, Dios es la Palabra, la Luz y el Amor…

¿Y qué es el hombre? ¿Es un robot biológico con capacidad de razonar y decidir libremente? ¿Es solo eso? ¿Cuándo muere desaparece? ¿Su conciencia de sí mismo no es más que un engaño? ¿Solo perdurará, si acaso, en la memoria de los demás? ¿Su conciencia de sí mismo desaparecerá tras su muerte biológica? ¿Tiene una parte espiritual que no muere?

Parecería así que esta obra de Dios es efímera y de poco valor. En pocos años, el Hombre va a ser capaz de crear robots con una inteligencia artificial muy superior, con capacidad de aprender y razonar por sí mismos, de cuidarse de sí mismos y con posibilidades de “pervivir” mucho más allá del horizonte actual de vida del hombre. Pero no tendrán conciencia, no tendrán alma. No tendrán espíritu.

La perfección de Dios le lleva a crear algo más; algo que no sea inerte, que pueda actuar por sí mismo, ejerciendo el libre albedrío, con libertad. Que pueda interactuar con Él. Pienso que la gran obra de Dios fue crear un ser, como decía la Biblia: “a su imagen y semejanza”. ¿Qué significado tiene la frase de la Biblia “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza”? Por supuesto que no lo creó Dios, todopoderoso y eterno, pues entonces sería Él mismo. No. Significa que Dios creó al Hombre en el Universo, en un contexto espacio-temporal, pero libre; con capaz de alterar su comportamiento conforme a su libertad de elección, al margen de su instinto, de acuerdo con su voluntad y con capacidad de querer o no querer. La libertad es la que da lugar al valor de quien actúa, cuyas consecuencias pueden ser buenas o malas. Con la libertad se crea el amor verdadero, pero también el mal.

Pero Dios creó al Hombre dotado de un alma inmortal, con espíritu. Un alma única, y diferenciada de las demás, para cada individuo. Esa es la semejanza con Él. La inmortalidad; la pervivencia de su conciencia individual, personal, después de la muerte. Esa es la diferencia del Hombre respecto de las cosas y de las máquinas: está compuesto de un cuerpo material y un alma espiritual y, cada alma es única e inmortal. No es un robot. El Hombre es la suprema creación de Dios. El hombre es el único ser de la creación que tiene conciencia de sí mismo y de la trascendencia de su existencia, dotado de un espíritu libre.

Pero, ¿cuál es nuestra relación con Dios? ¿Por qué decía Jesús que Dios es nuestro Padre? Es evidente que, si es nuestro creador, es nuestro “padre”; pero el significado que le daba Jesús iba mucho más allá. Jesús nos planteaba una relación con Dios de carácter paterno-filial. Una relación con el Padre, de persona a persona; una relación en la que el Padre conoce a cada uno de sus hijos y se relaciona con ellos. Con cada uno de ellos, de manera singular.

Según recojo en mi libro “Virtud y valor”, Dios creó al hombre para que lo eterno y lo infinito tuviera medida y referencia respecto a lo temporal y lo limitado. Dios creó al hombre libre, con voluntad propia, como máxima expresión de su creación, para que, libremente, le amara. Esa relación de amor es la que fundamenta que Jesucristo dijera que Dios es nuestro Padre. Nos ama y quiere que le amemos. Libremente.

El signo connatural con la perfección es la bondad y con la bondad es el amor. ¿Y qué significa que Dios es amor? Si Dios es amor, Dios ama todo. Todo el universo, conocido o no conocido por el hombre. Todo lo que existe en cualquier forma o manera de la existencia. Pero las cosas no aman. El amor se perfecciona cuando es correspondido. Sólo el hombre es el que puede corresponder a Dios en la medida que es libre para hacerlo o no, para amarlo, ignorarlo u odiarlo. Dios ha hecho al hombre así, libre, para que su amor sea verdadero.

Y Dios se hizo hombre glorificándolo para que desde su temporalidad y limitación pueda llegar a vivir lo eterno e infinito… De manera que una sola persona, Cristo, antes de su muerte era verdaderamente Dios y verdaderamente hombre; y después de su resurrección también, aunque con un cuerpo glorificado.

Este es el misterio: Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, se encarnó en Cristo, resucitado y glorificado, siendo uno con Dios. Y gracias a ello, el hombre justo, tras su muerte y resurrección, como Cristo, se unirá a Dios. El cristianismo es la exaltación de la divinidad del hombre justo.

Dios nos hizo libres para, entre nosotros, valorarnos o despreciarnos, para amarnos u odiarnos, para desarrollar nuestras capacidades o para embrutecernos.  A nosotros mismos y a los demás, pues nos realizamos y existimos en la medida en que otros seres libres como nosotros conocen y aprecian lo que hacemos. Sin los demás en libertad no somos nada. ¿De qué sirve un escritor sin lectores? ¿De qué sirve que te lean si no lo hacen libremente? ¿De qué sirve el amor sin el ser amado? Dios nos hizo libres para desarrollar nuestra virtud, para apreciar y desarrollar la belleza, o no.  Podemos desarrollar nuestra virtud o nuestra maldad. Dios nos hizo libres para desarrollar nuestra libertad o nuestro sometimiento… A la búsqueda de la verdad. Por que sin verdad no hay libertad.

La libertad es el bien supremo del hombre. Es lo que nos diferencia del resto de los seres. Es la que nos hace semejantes a Dios. Porque somos libres es por lo que podemos pensar y decidir. No estamos sometidos plenamente a una conducta, a unos instintos. Tenemos libertad para manejarlos para actuar y decidir por encima de los instintos y poder articular distintas opciones.

La libertad es la que nos da la capacidad de hablar, de pensar y decidir. La libertad es la que nos permite innovar y crear. Es la que nos da la capacidad de amar, pues se ama a quien se quiere. La superación del Hombre equivale a la conquista permanente de mayores grados de libertad respecto a nuestras limitaciones personales, sociales y materiales.

La libertad se tiene que manifestar en todos los ámbitos de la vida humana: el arte, la ciencia, la economía, el pensamiento, la comunicación, etc. En la medida en que se cercena esta capacidad, se está cercenando la capacidad de innovar y crear en cada uno de estos ámbitos. Pero la libertad es indisoluble, no puede haber libertad en un ámbito y no haberla en otro.

El respeto a la libertad de los demás es el que garantiza precisamente esta libertad. El hombre tiende a expandir su libertad sin límite agrediendo así la libertad de los demás. Tiene a conquistar todo el poder a costa del poder de los demás. Por eso la libertad es frágil. El equilibrio de las libertades siempre tiende al desequilibrio. El Hombre trata de imponer a los demás sus ideas, su arte, su pensamiento… y sin embargo esta dinámica es la dinámica del progreso. Por ello esto no está mal, está bien, pero solo siempre que los demás tengan el poder y la libertad de competir, de aceptarlo o rechazarlo, de discutirlo o admitirlo. La libertad acaba cuando triunfa el sometimiento. Por eso la libertad siempre está en peligro y siempre hay que defenderla frente a aquellos que, abusando de su libertad, quieren restringir la libertad de los demás y someterlos.

Dios nos dio la libertad de amarle o no, creer en Él o no, actuar con bondad o maldad, amar u odiar. Nos hizo semejantes a Él: Libres.

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